¿Por qué me lancé a la aventura de la Vida Consagrada? Yo misma, a los 75 años no lo sé… ¡Los misterios de Dios, siempre serán misterios!

Mi ambiente sinaloense era de fiestas, de baile, de amigos, de noviazgo. ¡No me hubiera cambiado por nadie! Todo el grupo nos sentíamos dueños del mundo… y sanamente, pero la gozábamos.

Jorge me contagió la semilla del microbio del Evangelio… y de pronto, en medio de las compañías más gratas y de la fiesta, vinieron las soledades interiores y cierta insatisfacción incomprensible.

En un cambio de ambiente, de sinaloense en cachanilla, empecé a descubrir otro mundo, pero me jalaba fuertemente el anterior. Allí empezó a despuntar la semilla y a crecer el microbio…

¡Jorge me pidió! ¡Casarme con él, era lo que deseaba grandemente! Pero no sé que empezó a suceder en mí… se clavó la espina de la duda.

En esta realidad de contrastes, de incertidumbres y de duda, el Señor fue lentamente, muy lentamente, perfilado un llamado en el que nadie creía. ¿Yo sí? Hubiera deseado huir, pero me impulsaba una fuerza que no era mía.

La opción fue difícil… dos años duró la lucha: o Jorge o la vida religiosa. ¡Qué jaloneo! Triunfó el Señor que me llamaba a una vida más abierta al servicio de los demás y a una consagración a favor del sacerdocio.

Aquí estoy en el año de mis Bodas de Oro… acumulando nombres en el corazón, no son ni muchos ni pocos, pero sí fieles y de hondura… pocos han claudicado. ¡Esta misión sacerdotal implica cada vez más un ensanchamiento de la capacidad de amar!

Un espíritu aventurero que me caracteriza se acrecienta, pero mis muletas me impiden trotar. Sin embargo el Señor me sigue poniendo retos, conserva mi corazón inquieto y la fuerza de su Espíritu me sigue retando a la construcción de “mundos y cielos nuevos”, por eso quiero seguir repitiéndole al Padre de los Cielos: ¡Heme aquí!, como lo hizo Jesús, ese tipazo al cual me consagré.

Hertha